Mi nombre me era extraño, esa tarde, antes del momento del atardecer mismo, por vez primera en sedas y algodones completamente me vestía, encajes y texturas que mi cuerpo todo aclamaren en propiedad y no ajeno préstamo; liguero que en cadera ciñere no sólo la sensualidad que deseosa portar codiciare, sino aquella que negar en prohibido me fuere, ajustando en encajes de péndulos tirantes las medias que en mis muslos, con firme suavidad, coronaren la satisfacción en portarles orgullosa tras zapatillas que mis pies capitularen en años de prácticas al caminar en solitarios pasillos de casa. Un basiere que sus copas mis senos llenaren, sin la necesidad absurda por rellenos artificiales que en voluminosas esferas mis formas no satisficieren, sinónimo inequívoco en evidencia de la feminidad que vanidosa al final por hoy portare, y sin ser estériles amamantar no en lácteo que pudiere, el anhelo que ello no fuere, pues más que necesidad extrema quien no expresare verdad mía en real entorno, fueren ellos, senos míos, explosiones volcánicas de pueriles protuberancias reflejo de la condición misma que en primer género equívoco obligaren ocultar. Y no fuere vestir por satín que en encaje de terciopelo forma mía de fémina cubriere, finalidad exclusiva que cuerpo, alma y espíritu satisficiere, desnuda por lobos que en lunas sus fases engulleren, sacrificio oportuno que gustosa a Dioses que incomprensibles de un legado, ofrecer en altar alguno entregare, sin por textiles de mi cuerpo cubierta, enmarcando protuberancias que sencillas la verdad por siete lunas de hechiceras pociones vida mía toda rociaren, bebiéndole por aullidos que dentro mío en venenos por sangre el cuerpo recorrieren, y morir en el abrupto de la ponzoña que más que necesidad, cuerpo, alma y espíritu un textil no arropare, cual viento en fuego que os consume fuere ella, sólo ella, naciente de espinas, herida en tallo que el botón de flor naciere.
Caminé despacio, y mi nombre me era extraño, las zapatillas con sus tacones en el pasto de alfombra con dificultad posaba, enterrándose en cada paso sin que evitarle pudiere, concordancia del atardecer que en manto de flama falto en leña un hogar gélido dejare; alisando con ambas manos el vestido en blanco y estampado discreto me senté sobre el pasto, regocijándome de la humedad que mis sedosas piernas de las medias entalladas sintieren, y tranquila, con la tranquilidad que os otorga el ser quien sois, el ser que no ocultáis por la obscuridad que os impusieren, el ser ella en yo misma, saciada del placer que en exclusiva una sangre de María no por Magdalena en sus lágrimas derramareis, miré serena el final de un atardecer, embriagada del tóxico que falto de humo sin aspiradle la sangre en cuerpo recorriere, aullido por lobos que en luna falta robar el espíritu pudieren, y por pesuñas de colmillos que de la caza la presa obtuvieren, así, en siete lunas de una noche única que aquella tarde iniciare, en ponzoña de elixir por hechicera un nombre, cual viento en fuego que os consume, fuere ella, herida de espinas naciente, a la fase de luna nueva, de encajes, satines y algodones, de sus senos en lácteos amamantare.